Colombia: a una segunda vuelta que exige liberar la campaña y entregársela a la gente
Por Ramiro Antonio Sandoval Marín
Defensor de DDHH, Dramaturgo, director teatral y columnista
—Nueva York, 1 de junio de 2026.
América Latina anda con fiebre. Una fiebre de orden, de castigo, de hombres rudos, de consignas rápidas, de cárceles grandes, de mercado elevado a religión y de políticos que prometen arreglar países como quien entra a tumbar paredes estrenando mazo nuevo.
La dicha fiebre tiene su historia. Tiene su plata. Tiene su púlpito. Tiene sus medios. Tiene sus consultores. Tiene su rabia acumulada y mucha frustración ciudadana. Lo nuevo es la velocidad. Ahora viene con algoritmos debajo del brazo, con videos de treinta segundos, con ejércitos digitales y con esa manera brutal de convertir problemas viejos en consignas rápidas: mano dura, limpieza, libertad, seguridad, patria, familia, orden.
Uno mira alrededor y el paisaje no es tranquilizador. Argentina, Chile, Bolivia, Honduras. Cada país con su herida, su propio teatro, sus élites de siempre y sus hombres rudos recién llegados y disfrazados de salvadores. Pero hay un ruido común a todos. La derecha, desde tiempo atrás, aprendió a hablarle al miedo. Aprendió a meterse donde duele: la inseguridad, el precio de la comida, la migración, el cansancio con los gobiernos, la rabia contra la corrupción, la sensación de que la democracia promete mucho y resuelve poco.
Y hay que decir algo: la gente asustada tiene oído distinto. Quiere saber si mañana puede abrir la tienda sin pagar extorsión. Si el hijo vuelve vivo. Si la plata alcanza. Si el hospital atiende. Si la policía llega antes del entierro. Si el Estado aparece antes que los bandoleros, antes que el gota a gota, antes que el reclutador, antes que el miedo. Cuando esas preguntas quedan sin respuesta, llega cualquiera con voz de mando y ofrece una salida de cuchillo, por decir lo menos.
Sin profundizar demasiado, en Argentina, la “libertad” llegó con motosierra y con una épica de sacrificio que, como casi siempre, empezó por el plato de los de abajo. Sus defensores hablan de estabilización, de inflación controlada, de paciencia histórica. Puede haber datos para ese debate, claro. Pero la vida cotidiana tiene una contabilidad más dura. Cuando una familia deja de comprar lo que antes era parte de su canasta, cuando el ajuste se va volviendo costumbre y luego la pobreza se va normalizando como “tránsito necesario hacia un futuro” que nunca llega para todos, la palabra libertad empieza a sonar rara. Demasiado higiénica para tanta hambre.
Chile mostró otra versión del cansancio. Hace poco ese país soñaba con una Constitución nueva después de grandes movilizaciones. Luego llegó el cansancio. El desencanto. La inseguridad convertida en obsesión pública. La migración usada como amenaza. La promesa de orden regresó con traje formal y pretendiendo olvidar fantasmas viejos.
En Honduras apareció otra mezcla conocida: trumpismo, religión, ruido digital, sospechas, acusaciones, manipulación, ese olor espeso de la política cuando se disfraza de cruzada moral. Bolivia dejó ver el derrumbe de un ciclo progresista mordido por sus propias fracturas, por egos gigantes, por peleas internas que terminan dejando al pueblo mirando desde la tribuna.
La derecha no siempre gana por enamorar. A veces gana porque encuentra al progresismo peleando frente al espejo.
Y aquí estamos nosotros. Colombia. Creyendo que el incendio ajeno no nos va a alcanzar mientras estamos guardando la gasolina en la sala de la casa.
La segunda vuelta colombiana no puede leerse como una competencia normal entre dos candidaturas. Quien la mire así ya empezó tarde. Lo que se juega es más hondo: quién va a interpretar el miedo social. Quién va a hablarle a la madre que no duerme cuando su hijo sale. Al tendero que paga vacuna. Al joven que no consigue empleo. Al campesino atrapado entre fusiles. Al trabajador que ya no sabe si el salario alcanza o si solo sirve para despedirse del mes. A la gente que oye hablar de reformas, de paz, de democracia y de derechos, pero sigue preguntando por lo inmediato: comida, seguridad, salud, transporte, techo, escuela, vida.
También hay que hablarle a la colombianidad en el exterior. No como adorno nostálgico, ni como caja de remesas, ni como foto con bandera en campaña. Hay millones de colombianos viviendo lejos que siguen votando con una parte del corazón puesta en el barrio, en la finca, en el pueblo, en la madre que quedó sola, en el hermano que no consiguió trabajo, en la casa que costó media vida levantar.
Allá los miedos se mueven distinto. A veces no nacen de lo que se vive todos los días, sino de lo que se imagina desde lejos. Y lo que se imagina desde lejos puede volverse enorme. Les dicen que el país se va a volver comunista, que les van a quitar lo poco que dejaron, que el pueblo de origen va a ser destruido, que la familia va a quedar atrapada en una Colombia sin regreso. Son miedos difíciles de comprobar desde la distancia y, por eso mismo, fáciles de sembrar. Fáciles de odiar.
La derecha conoce bien ese terreno. Durante años, los gobiernos de derecha y de centroderecha trataron a la migración colombiana como ciudadanía de temporada: útil para mandar remesas, útil para llenar actos, útil para posar con la bandera, pero casi siempre secundaria a la hora de garantizar representación, protección consular, derechos y presencia real del Estado. La representación política en el exterior fue reducida. Hoy millones de colombianos fuera del país tienen apenas una curul en la Cámara. Y ese abandono también es violencia. No siempre viene con fusil. A veces viene como consulado insuficiente, trámite imposible, familia partida, cuerpo que no se puede repatriar, trabajador sin defensa, joven nacido afuera al que Colombia todavía no sabe cómo mirar.
La derecha colombiana ya encontró su tono. No está ensayando. Habla de mano dura, de defender la patria, de cárceles, de limpiar el país, de acabar con “los malos”, de recuperar el orden. Qué palabra tan sospechosa esa de limpiar en un país con tanta sangre. Hablan como si Colombia fuera una cocina desordenada y amenazada y no una nación fracturada por siglos de desigualdad, clientelismo, abandono estatal, narcotráfico, paramilitarismo, negocios vestidos de domingo y élites que siempre encuentran la forma de salir impolutas de sus propios desastres.
En Colombia, además, el discurso de “limpiar el país” tiene una historia demasiado sucia. El narcotráfico no solo puso muertos; también puso plata, alcaldes, congresistas, silencios y miedo. Hasta permear las tres ramas del poder. Después llegó en cuerpo ajeno: socios, testaferros, financiadores, herederos políticos y apellidos convenientemente lavados.
Hoy muchas veces mueve los hilos desde lejos, desde países donde el dinero aterriza más limpio que la sangre que lo produjo. La guerra queda en los barrios, en los puertos, en las trochas, en los cuerpos jóvenes que terminan enfrentados entre sí. Pueblo contra pueblo, pobre contra pobre, mientras los verdaderos dueños del negocio cobran lejos del entierro.
Por eso hay que desconfiar cuando ciertos sectores prometen orden sin revisar sus propias alianzas. El país ya conoce esa escena: los mismos que convivieron con el despojo, el paramilitarismo, la narcopolítica y la sangre luego aparecen hablando de seguridad como si acabaran de llegar de un retiro espiritual.
Pero ese discurso funciona. Burlarse de él sería un error. Funciona porque toca miedos reales. Funciona porque la inseguridad existe. Funciona porque hay barrios donde la autoridad la impone quien cobra vacuna. Funciona porque hay municipios donde el Estado es visita ocasional y el crimen es vecino permanente. Funciona porque la paz, dicha sin resultados visibles, empieza a sonar a oración gastada. Funciona porque el miedo no espera a que el progresismo termine su reunión.
Ahí está el problema.
El progresismo colombiano tiene una tendencia peligrosa a sentirse moralmente protegido por tener mejores causas. Y sí, tiene causas mejores: la defensa de la vida, de la paz, de las víctimas, de lo público, de los derechos, de la dignidad. Pero las mejores causas también pierden elecciones cuando se vuelven lenguaje interno, ceremonia de convencidos, reunión de los mismos con los mismos. La historia no premia automáticamente a quien tiene razón. A veces le entrega el micrófono al que supo hablar primero con los asustados.
Petro entendió algo en 2018. Tal vez por intuición o por su propia historia insurgente. Tal vez porque no tenía otra opción. Su campaña no parecía una máquina perfecta. Era irregular, caliente, callejera, a ratos desordenada, a ratos brillante, a ratos insoportable. Pero estaba viva. La gente se metió. La empujó. La corrigió. La defendió. Había jóvenes haciendo camisetas, banderines, afiches y videos en sus casas, comités improvisados, conversaciones en buses, profesores con fotocopias, artistas, sindicalistas, viejos liberales desencantados, mujeres organizando reuniones donde podían, estudiantes, gente sin partido que decía: esta vez, quizá.
Porque nada popular viene completamente limpio. Lo vivo trae mugre. Trae contradicción. Trae personajes incómodos. Trae discusiones largas y egos con hambre. Pero había apropiación social. La campaña no parecía prestada. Mucha gente la sentía suya.
En 2022 esa energía todavía respiraba, aunque ya con más estructura, más cálculo, más alianzas, más vigilancia de aparato. El Pacto Histórico no llegó al gobierno solo con logos y ruedas de prensa. Llegó porque había una marea fuerte. Esa campaña todavía tenía algo que ningún asesor puede fabricar: un pueblo desbordado.
Ahora viene Cepeda.
Y hay que decirlo con cuidado, pero sin anestesia, Iván Cepeda tiene una autoridad ética poco común en esta política nuestra, tan llena de conversos repentinos y moralistas de alquiler. Su historia está marcada por la violencia política. Su trabajo por las víctimas, la memoria, la paz y la verdad no nació ayer, ni apareció con una encuesta favorable, ni fue diseñado en una mesa de creativos con café frío y PowerPoint. Cepeda tiene causa. Tiene archivo. Tiene coherencia. Tiene dolor. Tiene la serenidad que en Colombia casi parece provocación.
Precisamente por eso preocupa que su campaña pueda quedar en manos de muy pocos. No hablo de disciplina. Una segunda vuelta necesita orden, estrategia, mensajes claros, vocerías responsables. Hablo de otra cosa: de cuando un grupo pequeño empieza a comportarse como si la campaña le perteneciera. Decide quién entra, quién habla, quién se acerca, quién queda en la foto, quién recibe información y quién debe limitarse a aplaudir. Eso se siente. La gente lo percibe rápido, aunque nadie se lo explique.
Y cuando una campaña popular empieza a parecer administrada por permisos, cercanías y pequeñas vanidades, se enfría. Los que estaban dispuestos a ayudar se quedan esperando instrucciones que nunca llegan. Los que tenían ideas dejan de insistir. Los que conocen territorio se cansan de ser tratados como relleno. Los que tienen comunidad propia sienten que los llaman solo para poner gente, no para pensar. Así se pierde energía. No de golpe, sino peor: por goteo.
Petro fue multitud antes de ser gobierno. Cepeda no puede seguir siendo comité privado camino a la segunda vuelta. Suena duro. Pero mejor así. Hay verdades que pierden utilidad cuando se les pone demasiada crema.
La segunda vuelta exige liberar la campaña. Entregársela a la gente. Ya no como frase bonita para cerrar un discurso, sino como una decisión real. Con riesgos. Con ruido. Con menos porteros. Con más territorio. Con menos miedo a la crítica propia. Con menos administradores de cercanía. Con más mujeres organizando desde los barrios, jóvenes creando sin pedir bendición, sindicatos movilizados sin sentirse usados, artistas poniendo lenguaje y cuerpo, víctimas recordando por qué se lucha, migrantes amplificando desde sus lugares de refugio, maestros explicando, campesinos hablando desde su vida y no desde la cartilla de nadie.
La campaña tiene que salir de la sala, del exclusivo grupo de WhatsApp convertido en regulado muro de notas. Abrir ventanas. Dejar entrar polvo. Dejar entrar voces que incomodan. Dejar entrar al ciudadano que votó por Petro y hoy está bravo. Al que creyó y se enfrió. Al que defiende el proyecto, pero está cansado de algunas formas. Al que tiene miedo de la derecha, pero también miedo de otra decepción. A ese no se le regaña. Se le escucha. Se le mira a la cara.
Entregar la campaña al pueblo significa dejar de escribirle sus luchas. La gente no necesita traductores permanentes de su propio dolor. Sabe qué le falta. Sabe qué le cobran. Sabe quién la amenaza. Sabe cuándo el salario no alcanza, cuándo el barrio está perdido, cuándo el hijo se fue porque no encontró futuro, cuándo el Estado aparece solo en campaña o en operativo.
Por eso el progresismo tiene que volver a las luchas fundamentales: trabajo, tierra, salud, educación, seguridad, paz, representación, dignidad material. Y debe hacerlo sin caer en esa política identitaria estéril que termina hablando más de sí misma que del pueblo. Las identidades importan cuando abren justicia; se vuelven trampa cuando reemplazan la organización popular por competencia de lenguaje, nicho y pureza.
El pueblo debe poder abrazar a su liderazgo como quiera. Sin permiso. Sin libreto. Sin que nadie le explique desde una oficina cuál es la forma correcta de tener esperanza.
Y claro, abrir la campaña no significa entregársela al oportunismo. Esa es otra trampa.
Porque alrededor de todo proyecto que huele a poder aparecen los mismos personajes con distinto peinado. Los que llegan tarde y cobran temprano. Los que estuvieron ayer en otra orilla, hoy se visten de fundadores y mañana ya veremos. Los que hablan de unidad mientras calculan tajada. Los que reparten credenciales invisibles de pureza. Los que convierten la cercanía al candidato en negocio simbólico. Los que dicen cuidar el proceso cuando en realidad lo están cercando. Los que, en el momento más delicado, traicionan, filtran, negocian, se acomodan y dejan atrás una estela de desconfianza difícil de sanar.
Eso desmoviliza. La gente lo ve. La gente huele al oportunista incluso cuando viene perfumado de lealtad. Y cuando los ve demasiado cerca, se aparta. Deja de llamar. Deja de compartir. Deja de caminar. Deja de creer. Una campaña puede perder por los ataques del adversario, sí. También puede perder por la sensación amarga de que adentro mandan los que nunca arriesgan nada y siempre aparecen a recoger.
La campaña hay que entregársela a la gente. Y precisamente por eso hay que cuidarla de los oportunistas que convierten la esperanza colectiva en agenda personal.
Liberarla quiere decir devolverle protagonismo a quienes han sostenido el proyecto cuando no había reflectores. A quienes no tienen cargo, pero tienen territorio. A quienes no tienen contrato, pero tienen memoria. A quienes no aparecen en la foto, pero ponen el cuerpo. A quienes han defendido la paz cuando defender la paz era quedarse solo en una mesa familiar. A quienes han creído sin pedir puesto, sin pedir palco, sin pedir aplauso.
También quiere decir hablarle al país que duda.
Hay otro reto más incómodo: el progresismo tiene que aprender a defender continuidad sin sonar como defensor del puesto. Casi siempre la izquierda llega a las elecciones vendiendo lo nuevo, el cambio, la promesa de abrir ventanas. Esa suele ser su ventaja natural. Esta vez el lugar es más extraño. Le toca defender un camino iniciado, un gobierno con logros, errores, deudas, peleas, avances reales y promesas todavía a medio hacer. Le toca vender, casi con pudor, el continuismo del cambio.
La derecha lo sabe y por eso intenta ponerse el disfraz de la novedad. Se presenta como ruptura, como sacudón, como salida fresca, pero debajo del disfraz, detrás de la pantalla de efectos especiales, aparece lo conocido: los viejos dueños, las viejas deudas, las viejas mañas y la misma mano pesada sobre los mismos cuerpos; entregar el Estado a los mismos, confundir seguridad con persecución, reducir derechos en nombre del orden y, en últimas, gobernar para los que nunca han perdido.
La campaña debe explicar mejor esa contradicción. Continuar no significa quedarse quietos. Continuar, en este caso, significa no dejar tirado lo que apenas empezó. Significa tomar los logros más fuertes (la mejora de ingresos, los avances laborales, la protección de la vejez, la reducción de pobreza, la defensa de lo público) y convertirlos en algo más claro para la gente: que el cambio no sea solo una palabra de campaña, sino una vida menos apretada, una vejez menos humillante, un trabajo menos abusivo, una salud menos rogada, un país menos entregado al miedo.
La pregunta no puede ser solo si Colombia quiere cambio o continuidad. La pregunta honesta es otra: continuidad de qué y cambio hacia dónde. Porque también se puede cambiar para atrás. También se puede sacudir un país para devolverlo a sus viejos dueños. También se puede gritar “libertad” mientras se desmontan los derechos que le costaron décadas al pueblo.
El progresismo debe decirlo sin vergüenza: hay que seguir, pero no para administrar lo mismo. Hay que seguir para corregir, profundizar y proteger lo que ya empezó. La segunda etapa del cambio tiene que ser más popular, más abierta, más concreta y mucho menos encerrada en el lenguaje del gobierno. Si la derecha quiere vender el salto al vacío como novedad, el progresismo tiene que vender el cambio que se puede tocar.
La segunda vuelta no se gana solo con militancia. Se gana con ese centro cansado, contradictorio, a veces conservador en unas cosas y progresista en otras. Con la señora que quiere derechos, pero también seguridad. Con el trabajador que apoya la salud pública, pero está furioso por la inseguridad. Con el joven que detesta a la derecha, pero no quiere más discursos largos. Con el creyente que no quiere odio, pero se siente ignorado por los lenguajes de la izquierda. Con el comerciante que necesita crédito, orden, protección, no una conferencia de dos horas sobre acumulación histórica. Aunque, entre nosotros, acumulación histórica sí hay. Y bastante. Pero nadie compra pan con una categoría sociológica.
Hay que hablar claro.
Seguridad, sí. La palabra hay que decirla de frente, porque la gente la necesita de frente. Lo que no podemos aceptar es que seguridad signifique únicamente cárcel, bala y espectáculo. En Colombia ya conocemos esa película. Siempre empieza con discursos de autoridad y termina con pobres perseguidos o muertos, jóvenes perfilados o muertos, líderes amenazados y muertos, territorios militarizados y los verdaderos dueños del negocio tomando whisky lejos del operativo.
La seguridad que necesita el país debe empezar antes del crimen: en la familia, en la escuela, en el empleo, en la justicia que no se demora una vida, en la policía que protege y no humilla, en la Fiscalía que investiga a los grandes y no solo al muchacho de la esquina, en el Estado que llega al barrio antes que el crimen, antes que el reclutador, antes que el gota a gota, antes que el miedo.
La paz también hay que redactarla o decirla mejor. Paz no puede sonar a sahumerio institucional ni a palabra de ceremonia. Paz es territorio donde no mandan los armados. Paz es hijo que vuelve. Paz es líder social que no amanece amenazado. Paz es campesino que no tiene que escoger entre callar, irse o morirse. Paz es que la vida deje de depender del actor armado que controle la zona.
Las reformas, igual. Hay que simplificar en la recta final. Hay que bajarlas de la tarima. Reforma laboral es que a la gente no la expriman hasta acabarla. Reforma pensional es la vejez digna, sin limosna. Reforma de salud es que una cita no llegue demasiado tarde. Educación pública es que un joven no tenga que pedir perdón por querer pensar. Reforma agraria es que la tierra deje de ser trofeo inútil y vuelva a ser fuente de trabajo, alimento y arraigo. Todo eso hay que decirlo así, sin protocolo y sin tanta saliva.
También hay que entender contra quién se compite. La derecha no siempre quiere debatir. A veces le basta con ensuciar el agua.
Mientras el progresismo prepara argumentos, del otro lado se mueven cuentas falsas, videos manipulados, audios dudosos, memes hechos para activar rabia, titulares torcidos, cadenas de WhatsApp, influencers de alquiler y sus pequeñas granjas digitales. No todo viene de un comando único, claro. Funciona peor: como ecosistema. Unos inventan, otros amplifican, otros comentan, otros “solo preguntan”, otros convierten la mentira en tendencia y luego aparecen los políticos serios a recoger el miedo ya cocinado.
Así se instala una idea. No demostrando. Repitiendo.
La izquierda tiene que dejar de comportarse como si la verdad caminara sola. La verdad necesita defensa. Necesita velocidad. Necesita gente entrenada, mensajes claros, respuestas rápidas, humor, archivo, memoria, datos simples, vocerías creíbles y comunidad organizada. No para imitar la basura. Para no dejar que la basura tape el camino.
Competir también significa atacar. No con mentiras. No con bodegas disfrazadas de ciudadanía. Atacar con precisión: mostrar quién recortó derechos, quién redujo representación, quién abandonó consulados, quién gobernó mientras crecían la desigualdad y el miedo, quién hoy promete proteger a las familias después de haberlas dejado solas. Hay que nombrar contradicciones. Hay que exponer intereses. Hay que responder antes de que la mentira se vuelva sentido común.
La campaña necesita una defensa digital popular, organizada y ética. Una red capaz de detectar falsedades, desmontarlas rápido, producir lenguaje sencillo, disputar emociones y hablar donde la derecha está hablando: en WhatsApp, en TikTok, en Facebook, en los grupos familiares, en las conversaciones de migrantes, en la tienda, en el taxi, en la iglesia, en la llamada con la mamá que se quedó en el pueblo.
Porque esta pelea no se gana solo con razón. Se gana entendiendo cómo circula el miedo. Y cómo se le corta el paso.
La derecha vende una fantasía sencilla: “yo acabo con el caos”. En países heridos, esa frase entra como aguardiente en velorio. Calienta rápido. Después viene el guayabo. Y esa resaca, ya se sabe, la paga el pueblo.
Aquí también el progresismo tiene una tarea más difícil: ofrecer autoridad sin crueldad. Firmeza sin odio. Seguridad sin guerra contra los pobres. Orden sin nostalgia autoritaria. Paz sin ingenuidad. Cambio sin arrogancia. Gobierno sin secta.
Nada de eso cabe completo en un eslogan. Toca trabajarlo.
Y toca dejar de hablarle tanto al espejo.
El espejo aplaude fácil. Devuelve la misma cara, la misma frase, la misma superioridad moral tranquila. Las redes ayudan a empeorar el vicio: uno publica, los convencidos celebran, los enemigos insultan, los tibios callan, y todos creen haber hecho política. Mientras tanto, allá afuera, el miedo sigue caminando. Toca puertas. Se sube a buses. Se sienta en tiendas. Habla con taxistas. Entra a grupos de WhatsApp. Se disfraza de sentido común. Y cuando llega la derecha, le dice: tranquilo, parce, yo sí te entiendo.
Esa es la pelea.
No entre una izquierda perfecta y una derecha caricaturesca. Las caricaturas sirven para burlarse, no para ganar elecciones. La pelea es por el sentido común de un país cansado. Por la emoción de los indecisos. Por la confianza de los decepcionados. Por la energía de los propios. Por la defensa de un proyecto que todavía puede representar una salida democrática, social y popular, siempre que no se encierre a contemplarse como estatua.
Colombia no está condenada a repetir la derechización regional. Pero puede hacerlo. Y rápido. La historia no avisa con campanas como las iglesias. Avisa con abstención. Con chistes crueles. Con rabia en redes. Con reuniones pequeñas donde alguien dice: “yo hasta voté por ustedes, pero…”. Ese “pero” es un animal político. Hay que escucharlo antes de que muerda.
Cepeda tiene una oportunidad enorme. También una responsabilidad que no cabe en una sola persona. Por eso la campaña no puede reducirse a cuidar al candidato. Hay que cuidar el proceso. Cuidar la amplitud. Cuidar la crítica. Cuidar a la gente que llega sin cargo y sin permiso. Cuidar el puente con quienes dudan. Cuidar el fuego sin dejar que lo administren desde adentro los oportunistas de siempre.
La campaña no puede tener portero.
Puede tener principios. Puede tener estrategia. Puede tener disciplina. Pero portero, no. Menos ahora, cuando el miedo anda suelto y la derecha ya le está hablando al oído.
Si el progresismo quiere ganar, tiene que dejar de mirarse tanto al espejo y volver a la calle. Pero no a la calle imaginada desde el comité, sino a la calle donde la gente duda, cobra, paga, teme, trabaja, se contradice y vota.
Porque una campaña popular, cuando de verdad despierta, ya no pertenece a los jefes.
Ni al comité.
Ni al oportunista que llegó tarde, con sonrisa de dueño y afiche gigante bajo el brazo.
Pertenece a la gente.
Y cuando la gente siente que algo le pertenece, lo defiende distinto. Lo defiende con rabia. Con ternura. Con memoria. Con uñas. Con voto.
A veces, incluso, lo salva.



