La injerencia electoral de Donald Trump en los comicios presidenciales colombianos no es accidental ni impulsiva. Es una decisión estratégica y calculada, ejecutada en el momento preciso del ciclo electoral colombiano para maximizar su impacto y minimizar sus riesgos políticos. El 2 de junio, el presidente estadounidense declaró su «completo y total respaldo» al candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella, quien se prepara para enfrentar al senador Iván Cepeda en la segunda vuelta presidencial del 21 de junio de 2026.
Esta intervención no llegó en primera vuelta. Y eso no fue casualidad.

Por qué Trump guardó silencio en primera vuelta
Durante la campaña hacia el 31 de mayo de 2026, el silencio de Washington sobre sus preferencias presidenciales colombianas fue deliberado. En una elección de múltiples candidatos, el ruido generado por un respaldo explícito de Trump podría haber tenido el efecto contrario al deseado: inflar el voto de protesta hacia Cepeda, quien habría explotado políticamente cualquier señal de intervencionismo estadounidense en los asuntos internos de Colombia.
En cambio, Trump operó entre bastidores. Envió al senador Bernie Moreno como observador electoral en la primera vuelta, y permitió que sus financiadores y aliados participaran discretamente en los mítines de De La Espriella sin que mediara un respaldo público oficial. Fue una estrategia de apoyo encubierto: garantizar el resultado deseado sin asumir el costo político de una declaración abierta en un escenario fragmentado e impredecible.
En ese momento, las encuestas mostraban una carrera extremadamente cerrada. Según Atlas Intel, días antes de la primera vuelta, Cepeda encabezaba las mediciones con 38,7% frente a un De La Espriella que escalaba hasta 37,3%, en empate técnico. Un pronunciamiento de Trump en ese escenario podía ser un boomerang electoral.
La lógica de intervenir en segunda vuelta
El panorama cambió radicalmente con los resultados del 31 de mayo. De La Espriella ganó la primera vuelta con más de 10,3 millones de votos, dejando a Cepeda segundo con 9,6 millones. El escenario se simplificó: solo quedan dos candidatos, lo que reduce drásticamente el costo político del apoyo abierto.
Con su candidato puntando al 50,3% en la primera encuesta postelectoral de Atlas Intel —frente a un 42,6% de Cepeda—, Trump ya sabe que existe un amplio sector de la sociedad colombiana receptivo a su influencia. Según un sondeo previo de Infobae, el 48% de los votantes colombianos afirmó que un respaldo de Trump aumentaría su probabilidad de votar por De La Espriella. En ese contexto, el costo político de declararse se vuelve manejable, y el potencial beneficio, considerable.
Además, en una contienda bipartidista como la segunda vuelta, la narrativa de «él contra nosotros» que Trump domina con maestría resulta especialmente poderosa. Calificar a Cepeda de «marxista de izquierda radical» —como lo hizo en su declaración pública— activa los mismos mecanismos de polarización ideológica que el mandatario republicano ha usado en elecciones anteriores en el mundo.
El riesgo: el efecto Orbán y el efecto AfD
La apuesta no está exenta de peligros. La historia reciente ofrece dos lecciones contundentes sobre los límites de la influencia electoral trumpista en democracias ajenas.
En Hungría, cuando Trump respaldó abiertamente al primer ministro Viktor Orbán, el candidato opositor Péter Magyar logró convertir esa intervención en una herramienta de movilización antigubernamental, revirtiendo tendencias que parecían inamovibles. En Alemania, el respaldo implícito de Trump y Elon Musk al partido de ultraderecha AfD en las legislativas no fue suficiente para evitar la victoria del centrista CDU. En ambos casos, la percepción de injerencia exterior galvanizó al electorado contrario.
En Colombia, Cepeda ya tiene el terreno abonado para explotar este argumento. El presidente Gustavo Petro reaccionó de inmediato rechazando la «intervención» de Trump, y la campaña del Pacto Histórico tiene todos los incentivos para convertir el respaldo de Washington en un eje de movilización emocional. En un país con una tradición histórica de sensibilidad frente al intervencionismo estadounidense —desde la separación de Panamá hasta el Plan Colombia—, este argumento tiene raíces profundas.
La apuesta geopolítica más allá de Colombia
Pero la estrategia geopolítica de Trump en América Latina va mucho más allá del resultado del 21 de junio. Colombia es una pieza dentro de un tablero regional más amplio.
Si De La Espriella llega a la Casa de Nariño, Trump contaría con un aliado clave para consolidar un bloque hegemónico conservador en la región. Ya se sabe que Flávio Bolsonaro viajó a Washington para reunirse con Trump y buscar respaldo estratégico de cara a las elecciones brasileñas. En México, el empresario Ricardo Salinas Pliego ha sido mencionado como figura con afinidad al trumpismo. Si los tres proyectos prosperan, Estados Unidos tendría alineados a sus tres mayores socios comerciales y estratégicos en el hemisferio sur.
Para Trump, recuperar el control político e ideológico de América Latina es una prioridad de política exterior. La táctica es clara: apoyar candidatos que compartan su visión de soberanía económica nacional, mano dura en seguridad y rechazo al progresismo, para reconstruir el bloque de influencia que considera erosionado por los gobiernos de izquierda que se instalaron en la región entre 2018 y 2023.
Colombia, epicentro de una disputa global
El ciclo electoral colombiano de 2026 se ha convertido, quizás sin buscarlo, en un microcosmos de la disputa global entre el conservadurismo populista de derecha y el progresismo de izquierda. La segunda vuelta del 21 de junio no solo definirá el próximo presidente de Colombia, sino que podría marcar el rumbo del mapa político latinoamericano por los próximos años.
Lo que está en juego no es solo quién gobierna en Colombia. Es si el modelo de influencia trumpista puede sostenerse en una democracia que ha demostrado, una y otra vez, una enorme capacidad de sorpresa electoral.
Fotoportada: Minuto60.com



